El ambiente huele a humedad, un hedor espeso y rancio que se aferra a cada rincón como un aliento estancado. La fragancia agria de madera mojada se mezcla con el polvillo seco que cubre las superficies, mientras un dejo agrio de restos de comida olvidada se cuela entre las rendijas, avinagrado y persistente.
En la lejanía, los autos gruñen sobre el asfalto, su rugido amortiguado por las paredes, interrumpido apenas por el murmullo monótono de voces indistintas. Justo detrás de la puerta, pasos van y vienen, un desfile constante de pisadas impacientes, suelas que crujen sobre el suelo con un ritmo que me eriza la piel.
Las sombras se apoderan del espacio, alargándose sobre libros apilados al azar, sus lomos cubiertos de una pátina de olvido. Entre ellos, tazas de café abandonadas con manchas pardas en el fondo, cucharas sucias pegajosas por algún residuo que el tiempo ha endurecido.
Deslizo mis dedos sobre una hoja empapada en moho, su textura blanda y viscosa se adhiere a mi piel como una advertencia silenciosa. Más allá, la portada de un libro viejo se deshace bajo la presión de mis yemas, su cartón frágil cediendo con un crujido seco. Todo aquí está muerto, atrapado en un letargo sofocante. Y, sin embargo, yo permanezco.
Ella lo ocupa todo. Su sonrisa flota en mi mente como un eco luminoso, su mirada es un destello fugaz en mi penumbra. Y ese aroma… una mezcla embriagadora de sándalo y naranja que se desliza por el aire cada vez que la puerta se abre, como una promesa imposible de atrapar.
Apenas si la conozco y, sin embargo, cada encuentro furtivo es suficiente para incendiarme. Me aferro a los minutos, a las horas, a los eternos segundos que me separan de ella, de la luz efímera de su presencia.
Solo alcanzo a ver fragmentos de su rostro cuando la oscuridad retrocede por un instante. El resplandor la recorta con un contraste hipnótico: la curva de su pómulo como el filo de una luna creciente, la sombra de sus pestañas proyectándose sobre su mejilla, el brillo intermitente de sus labios cuando se humedece la boca. Y su lunar… ese pequeño punto en la comisura del labio, como una mota de tinta en una pintura divina. Perfecto. Irresistible.
Incluso su sonrisa chueca me parece un milagro. Un lado se curva más que el otro, como si su boca estuviera siempre al borde de una travesura secreta. Para el mundo, quizás sea una imperfección. Para mí, es la firma inigualable de su belleza.
Hoy podría ser el día. Tal vez el destino, en un arrebato de piedad, me conceda el más divino de los milagros: reflejarme en sus ojos. Que su mirada, siquiera por un instante, se pose en mi insignificante existencia y me arranque de las sombras.
¡Oh, cuánto ansío el roce de su atención, el fulgor de su reconocimiento! Ella… ella es el sol que ilumina mi desdicha, el faro que guía mi extraviada alma en esta noche perpetua. Por ella me aferro a la vida, por ella devoro las miserias que me sostienen, por ella imagino un futuro en el que no soy solo un fantasma errante en su universo.
Si tan solo supiera que existo… si tan solo me diera la dádiva de un suspiro.
Pero temo que su dulce corazón no esté preparado para la visión de mi ser, que su mirada, en lugar de posarse con ternura, se desvíe con horror. Temo que mi sola existencia le provoque repulsión, que mi amor—puro, ardiente, devoto—sea para ella una afrenta, una sombra que ensucia la perfección de su mundo.
Nunca he inspirado más que desdén. Mi belleza es una ironía del destino, un arte maldito que nadie ha sabido apreciar. No poseo la delicadeza de los rostros que ella contempla a diario, ni la elegancia de aquellos que la rodean. Mi cuerpo, esculpido por la naturaleza en formas que la humanidad desprecia, es una obra maestra de la penumbra, una criatura de la noche que solo conoce el sigilo y la huida.
Y mis costumbres… ¡ay, mis costumbres! No sé de etiquetas, ni de modales refinados; mi vida transcurre en las sombras, entre restos olvidados y rincones que nadie reclama. Mientras ella se mueve con gracia entre luces doradas y perfumes embriagadores, yo me deslizo en la penumbra, entre aromas de madera húmeda y el crujir de páginas marchitas. ¿Cómo podría esperarse que me aceptara? ¿Cómo podría, siquiera, tolerar mi presencia?
Pero aun así… aun así la amo. Y ese amor es mi condena.
Schh… El sonido de sus pasos se acerca… Cada uno resuena como un presagio, vibrando en el aire, filtrándose entre las rendijas de mi mundo. La madera tiembla bajo su toque y, con un crujido que me sacude hasta los huesos, la puerta comienza a abrirse.
Mi corazón, pequeño y frágil, late con un frenesí descontrolado. Bum. Bum. Bum. Cada latido es un tambor de guerra, una campana fúnebre, un delirio que me ahoga.
Y entonces, ahí está.
Majestuosa. Radiante. Tan cerca que casi puedo tocarla, tan inalcanzable como siempre. Mis patas tiemblan, pero me asomo con timidez, con esperanza… con devoción.
El tiempo se detiene. Todo el universo contiene la respiración.
Espero…
Anhelo…
Pero su rostro—mi dulce y adorado rostro—se tuerce en una mueca de horror. Su grito desgarra el aire y, con él, mi corazón.
Retrocede.
Pero no huye.
Un golpe brutal.
Un destierro sin piedad.
Sus manos me arrancan de mi hogar con furia despiadada, me sacuden como si fuera un desperdicio inmundo, como si mi existencia misma fuera un insulto. Me aferro—con desesperación, con súplica muda—pero su fuerza es incontenible, su desprecio, absoluto.
Me lanza al vacío.
El mundo gira, un torbellino de luz y sombras. Me estrello contra el suelo con un impacto seco, el aire escapando de mi cuerpo en un espasmo de pánico. Todo duele. Todo arde.
No lo entiendo. ¡No lo entiendo! ¿Por qué? ¿Por qué me rechaza con tal crueldad? ¿Acaso no ve que mi amor es sincero, que mi única culpa ha sido adorarla en silencio? Quiero explicarlo, quiero gritarlo—pero su sentencia ya ha sido dictada.
Su pie se alza, colosal, despiadado. Su sombra se expande sobre mí como un eclipse de muerte.
El destino cae con todo su peso. El impacto es absoluto. Un crujido sordo. Un estallido de dolor. Todo se apaga. La oscuridad me envuelve, esta vez para siempre.
Nadie dijo que ser cucaracha fuera fácil.

No hay comentarios:
Publicar un comentario