La noche está tranquila y yo descanso con mi cuerpo hundido en el colchón. Mi respiración es pausada, mi mente flota en el dulce sopor del sueño. Todo es calma.
Chsssk.
Algo se filtra en mi conciencia, un sonido seco y distante, apenas un murmullo en la oscuridad. Al principio, lo confundo con los ecos de un sueño. Pero ahí está de nuevo.
Parece venir de todas partes y de ninguna. Mis ojos aún están cerrados, pero mi cuerpo ya está alerta. El letargo se rompe. Mi corazón late más fuerte. El sonido se hace constante, perfora la quietud de la habitación. Me atrevo a abrir los ojos. Nada. La oscuridad me envuelve, pero el sonido sigue ahí, inquietante, pegajoso, como el roce de pequeños dientes contra la madera.
Trago saliva. No quiero moverme, pero la ansiedad ya me aprieta el pecho. Intento convencerme de que no es nada, solo mi imaginación. Sin embargo, la sensación de que algo se esconde conmigo en la oscuridad es más fuerte.
Pero al cerrar los ojos, lo siento justo debajo de la cama. Algo se mueve ahí, mordisqueando la oscuridad, reclamando territorio. Me incorporo de golpe, con el corazón retumbando en la garganta. El sonido no viene de abajo. Viene de la pared de enfrente.
Mi mente construye la imagen: dientes afilados, amarillos, mordiendo sin descanso. Ojos redondos, negros como pozos sin fondo. Cuerpos menudos y elásticos, capaces de infiltrarse por cualquier resquicio.
—Pueden morder… pueden contagiarme… —El pensamiento se encaja en mi mente como un anzuelo. Un escalofrío me recorre la espalda, como si ya pudiera sentir aquellos diminutos colmillos rozando mi piel, presionando apenas, probando la textura antes de desgarrar.
—Los dientes… esos dientes… —Me abrazo a mí misma, las manos crispadas en la tela de mi pijama. La idea de una mordida me sacude desde dentro, el ardor punzante, la sangre brotando, la posibilidad invisible, pero latente de una infección escurriéndose bajo mi piel.
Mis piernas se encogen instintivamente sobre el colchón, como si al elevarlas pudiera librarme de la amenaza. Pero la idea sigue ahí, pegajosa, palpitante, como una herida que no deja de doler.
Saco el teléfono y comienzo a buscar soluciones. Escribo "cómo deshacerme de ratas en casa" y el buscador despliega un sinfín de opciones. Veneno de rápida acción, trampas adhesivas, remedios naturales como menta o vinagre. Abro un enlace tras otro, escaneando comentarios, viendo imágenes de infestaciones que me hacen estremecer. Me muerdo el labio. ¿Y si hay más de uno? ¿Y si está en mi habitación?
Mientras navego entre opciones, el sonido se vuelve un tamborileo persistente.
Rasp, rasp, rasp.
Algo roe dentro de la pared, justo debajo del librero.
No es una amenaza lejana. Es inminente.
Ya han pasado varias noches y el chasquido se intensifica.
Tac. Tac. Tac.
Cada sonido es un golpe seco contra mi cordura.
Tac. Tac. Tac.
Se vuelve más rápido, más insistente.
TacTacTacTacTac.
Y de pronto, nada. Un estallido de silencio.
Mi respiración se detiene. Mi piel se encrespa.
sssshhh…
Pasos diminutos recorren el suelo, rozando la madera con una suavidad casi imperceptible. Apenas un susurro, un roce etéreo. Mis músculos se tensan, se aferran a mi parálisis. Trato de moverme, pero el miedo se me enrosca en los huesos, inmovilizándome. Mi pecho sube y baja en un ritmo entrecortado, como si el aire se negara a entrar.
El ratón está dentro.
Enciendo la linterna del teléfono. La luz pálida barre la habitación. Nada.
—Tal vez no existe…
Ya ha pasado antes. Como con aquella mosca inexistente que me atormentó durante semanas hasta que me convencí de que no era real.
Pero entonces veo el agujero en la pared. No es solo mi imaginación.
Voy al baño, con la ilusión de una tregua.
Me siento en el excusado, tratando de calmar mi respiración.
Entonces lo veo.
Pequeño, gris, con esos ojos como abismos negros.
El ratón también me ve.
Contengo el aliento. De pronto, se lanza hacia la puerta. Choca. Rebota. Retrocede y se lanza de nuevo. El golpe seco contra la madera resuena en el baño.
Tac. Tac. Tac.
Insiste, desesperado, buscando una salida. Mi pecho se contrae. Mis piernas tiemblan. Se estrella una vez más y, en su caída, choca contra mis pies.
Un grito me estalla en la garganta. Pateo el aire, me subo al excusado. Mi corazón late con furia, mi cuerpo entero se estremece.
El ratón desaparece en la oscuridad.
Regreso a la cama, agotada, con el corazón tamborileando en las costillas. La criatura se ha instalado en mi territorio.
—Es como un tiburón—susurro, sintiendo el aire frío en mi garganta—. Acecha en la profundidad de la oscuridad, girando en círculos, esperando que baje la guardia, que me descuide, que meta un pie en sus aguas negras…
Me siento exiliada en mi propio cuarto.
Durante el día sellé cada grieta y limpié cada rincón. El departamento es mío de nuevo.
Ahora que es de noche, el silencio es mi recompensa. Me hundo en el colchón con alivio. El sueño me abraza con suavidad.
Un peso ligero en mis piernas me despierta. Avanza algo torpe sobre mis muslos.
Pateo.
Un chillido. Un golpe sordo en el suelo.
Y luego, el tirón.
Las cobijas comienzan a deslizarse, como si algo intentara arrastrarlas bajo la cama.
Contengo el aliento. Cierro los ojos con fuerza. Si no me muevo, seguro todo termina al amanecer.
El silencio.
Me atrevo a abrir los ojos.
El ratón está ahí. Sobre la cama. Mirándome.
Ahora lo comprendo, con una certeza helada, que ya no soy dueña de este lugar.
He perdido.
Trago saliva y espero, aterrada, lo que vendrá después.

