lunes, 24 de febrero de 2025

El huesped indeseado

 

La noche está tranquila y yo descanso con mi cuerpo hundido en el colchón. Mi respiración es pausada, mi mente flota en el dulce sopor del sueño. Todo es calma.

Chsssk.

Algo se filtra en mi conciencia, un sonido seco y distante, apenas un murmullo en la oscuridad. Al principio, lo confundo con los ecos de un sueño. Pero ahí está de nuevo.

Parece venir de todas partes y de ninguna. Mis ojos aún están cerrados, pero mi cuerpo ya está alerta. El letargo se rompe. Mi corazón late más fuerte. El sonido se hace constante, perfora la quietud de la habitación. Me atrevo a abrir los ojos. Nada. La oscuridad me envuelve, pero el sonido sigue ahí, inquietante, pegajoso, como el roce de pequeños dientes contra la madera.

Trago saliva. No quiero moverme, pero la ansiedad ya me aprieta el pecho. Intento convencerme de que no es nada, solo mi imaginación. Sin embargo, la sensación de que algo se esconde conmigo en la oscuridad es más fuerte.

Pero al cerrar los ojos, lo siento justo debajo de la cama. Algo se mueve ahí, mordisqueando la oscuridad, reclamando territorio. Me incorporo de golpe, con el corazón retumbando en la garganta. El sonido no viene de abajo. Viene de la pared de enfrente.

Mi mente construye la imagen: dientes afilados, amarillos, mordiendo sin descanso. Ojos redondos, negros como pozos sin fondo. Cuerpos menudos y elásticos, capaces de infiltrarse por cualquier resquicio.

—Pueden morder… pueden contagiarme… —El pensamiento se encaja en mi mente como un anzuelo. Un escalofrío me recorre la espalda, como si ya pudiera sentir aquellos diminutos colmillos rozando mi piel, presionando apenas, probando la textura antes de desgarrar.

—Los dientes… esos dientes… —Me abrazo a mí misma, las manos crispadas en la tela de mi pijama. La idea de una mordida me sacude desde dentro, el ardor punzante, la sangre brotando, la posibilidad invisible, pero latente de una infección escurriéndose bajo mi piel.

Mis piernas se encogen instintivamente sobre el colchón, como si al elevarlas pudiera librarme de la amenaza. Pero la idea sigue ahí, pegajosa, palpitante, como una herida que no deja de doler.

Saco el teléfono y comienzo a buscar soluciones. Escribo "cómo deshacerme de ratas en casa" y el buscador despliega un sinfín de opciones. Veneno de rápida acción, trampas adhesivas, remedios naturales como menta o vinagre. Abro un enlace tras otro, escaneando comentarios, viendo imágenes de infestaciones que me hacen estremecer. Me muerdo el labio. ¿Y si hay más de uno? ¿Y si está en mi habitación?

Mientras navego entre opciones, el sonido se vuelve un tamborileo persistente.

Rasp, rasp, rasp.

Algo roe dentro de la pared, justo debajo del librero.

No es una amenaza lejana. Es inminente.

Ya han pasado varias noches y el chasquido se intensifica.

Tac. Tac. Tac.

Cada sonido es un golpe seco contra mi cordura.

Tac. Tac. Tac.

Se vuelve más rápido, más insistente.

TacTacTacTacTac.

Y de pronto, nada. Un estallido de silencio.

Mi respiración se detiene. Mi piel se encrespa.

sssshhh…

Pasos diminutos recorren el suelo, rozando la madera con una suavidad casi imperceptible. Apenas un susurro, un roce etéreo. Mis músculos se tensan, se aferran a mi parálisis. Trato de moverme, pero el miedo se me enrosca en los huesos, inmovilizándome. Mi pecho sube y baja en un ritmo entrecortado, como si el aire se negara a entrar.

El ratón está dentro.

Enciendo la linterna del teléfono. La luz pálida barre la habitación. Nada.

—Tal vez no existe…

Ya ha pasado antes. Como con aquella mosca inexistente que me atormentó durante semanas hasta que me convencí de que no era real.

Pero entonces veo el agujero en la pared. No es solo mi imaginación.

Voy al baño, con la ilusión de una tregua.

Me siento en el excusado, tratando de calmar mi respiración.

Entonces lo veo.

Pequeño, gris, con esos ojos como abismos negros.

El ratón también me ve.

Contengo el aliento. De pronto, se lanza hacia la puerta. Choca. Rebota. Retrocede y se lanza de nuevo. El golpe seco contra la madera resuena en el baño.

Tac. Tac. Tac.

Insiste, desesperado, buscando una salida. Mi pecho se contrae. Mis piernas tiemblan. Se estrella una vez más y, en su caída, choca contra mis pies.

Un grito me estalla en la garganta. Pateo el aire, me subo al excusado. Mi corazón late con furia, mi cuerpo entero se estremece.

El ratón desaparece en la oscuridad.

Regreso a la cama, agotada, con el corazón tamborileando en las costillas. La criatura se ha instalado en mi territorio.

—Es como un tiburón—susurro, sintiendo el aire frío en mi garganta—. Acecha en la profundidad de la oscuridad, girando en círculos, esperando que baje la guardia, que me descuide, que meta un pie en sus aguas negras…

Me siento exiliada en mi propio cuarto.

Durante el día sellé cada grieta y limpié cada rincón. El departamento es mío de nuevo.

Ahora que es de noche, el silencio es mi recompensa. Me hundo en el colchón con alivio. El sueño me abraza con suavidad.

Un peso ligero en mis piernas me despierta. Avanza algo torpe sobre mis muslos.

Pateo.

Un chillido. Un golpe sordo en el suelo.

Y luego, el tirón.

Las cobijas comienzan a deslizarse, como si algo intentara arrastrarlas bajo la cama.

Contengo el aliento. Cierro los ojos con fuerza. Si no me muevo, seguro todo termina al amanecer.

El silencio.

Me atrevo a abrir los ojos.

El ratón está ahí. Sobre la cama. Mirándome.

Ahora lo comprendo, con una certeza helada, que ya no soy dueña de este lugar.

He perdido.

Trago saliva y espero, aterrada, lo que vendrá después.


viernes, 21 de febrero de 2025

A la sombra del amor

El ambiente huele a humedad, un hedor espeso y rancio que se aferra a cada rincón como un aliento estancado. La fragancia agria de madera mojada se mezcla con el polvillo seco que cubre las superficies, mientras un dejo agrio de restos de comida olvidada se cuela entre las rendijas, avinagrado y persistente.

En la lejanía, los autos gruñen sobre el asfalto, su rugido amortiguado por las paredes, interrumpido apenas por el murmullo monótono de voces indistintas. Justo detrás de la puerta, pasos van y vienen, un desfile constante de pisadas impacientes, suelas que crujen sobre el suelo con un ritmo que me eriza la piel.

Las sombras se apoderan del espacio, alargándose sobre libros apilados al azar, sus lomos cubiertos de una pátina de olvido. Entre ellos, tazas de café abandonadas con manchas pardas en el fondo, cucharas sucias pegajosas por algún residuo que el tiempo ha endurecido.

Deslizo mis dedos sobre una hoja empapada en moho, su textura blanda y viscosa se adhiere a mi piel como una advertencia silenciosa. Más allá, la portada de un libro viejo se deshace bajo la presión de mis yemas, su cartón frágil cediendo con un crujido seco. Todo aquí está muerto, atrapado en un letargo sofocante. Y, sin embargo, yo permanezco.

Ella lo ocupa todo. Su sonrisa flota en mi mente como un eco luminoso, su mirada es un destello fugaz en mi penumbra. Y ese aroma… una mezcla embriagadora de sándalo y naranja que se desliza por el aire cada vez que la puerta se abre, como una promesa imposible de atrapar.

Apenas si la conozco y, sin embargo, cada encuentro furtivo es suficiente para incendiarme. Me aferro a los minutos, a las horas, a los eternos segundos que me separan de ella, de la luz efímera de su presencia.

Solo alcanzo a ver fragmentos de su rostro cuando la oscuridad retrocede por un instante. El resplandor la recorta con un contraste hipnótico: la curva de su pómulo como el filo de una luna creciente, la sombra de sus pestañas proyectándose sobre su mejilla, el brillo intermitente de sus labios cuando se humedece la boca. Y su lunar… ese pequeño punto en la comisura del labio, como una mota de tinta en una pintura divina. Perfecto. Irresistible.

Incluso su sonrisa chueca me parece un milagro. Un lado se curva más que el otro, como si su boca estuviera siempre al borde de una travesura secreta. Para el mundo, quizás sea una imperfección. Para mí, es la firma inigualable de su belleza.

Hoy podría ser el día. Tal vez el destino, en un arrebato de piedad, me conceda el más divino de los milagros: reflejarme en sus ojos. Que su mirada, siquiera por un instante, se pose en mi insignificante existencia y me arranque de las sombras.

¡Oh, cuánto ansío el roce de su atención, el fulgor de su reconocimiento! Ella… ella es el sol que ilumina mi desdicha, el faro que guía mi extraviada alma en esta noche perpetua. Por ella me aferro a la vida, por ella devoro las miserias que me sostienen, por ella imagino un futuro en el que no soy solo un fantasma errante en su universo.

Si tan solo supiera que existo… si tan solo me diera la dádiva de un suspiro.

Pero temo que su dulce corazón no esté preparado para la visión de mi ser, que su mirada, en lugar de posarse con ternura, se desvíe con horror. Temo que mi sola existencia le provoque repulsión, que mi amor—puro, ardiente, devoto—sea para ella una afrenta, una sombra que ensucia la perfección de su mundo.

Nunca he inspirado más que desdén. Mi belleza es una ironía del destino, un arte maldito que nadie ha sabido apreciar. No poseo la delicadeza de los rostros que ella contempla a diario, ni la elegancia de aquellos que la rodean. Mi cuerpo, esculpido por la naturaleza en formas que la humanidad desprecia, es una obra maestra de la penumbra, una criatura de la noche que solo conoce el sigilo y la huida.

Y mis costumbres… ¡ay, mis costumbres! No sé de etiquetas, ni de modales refinados; mi vida transcurre en las sombras, entre restos olvidados y rincones que nadie reclama. Mientras ella se mueve con gracia entre luces doradas y perfumes embriagadores, yo me deslizo en la penumbra, entre aromas de madera húmeda y el crujir de páginas marchitas. ¿Cómo podría esperarse que me aceptara? ¿Cómo podría, siquiera, tolerar mi presencia?

Pero aun así… aun así la amo. Y ese amor es mi condena.

Schh… El sonido de sus pasos se acerca… Cada uno resuena como un presagio, vibrando en el aire, filtrándose entre las rendijas de mi mundo. La madera tiembla bajo su toque y, con un crujido que me sacude hasta los huesos, la puerta comienza a abrirse.

Mi corazón, pequeño y frágil, late con un frenesí descontrolado. Bum. Bum. Bum. Cada latido es un tambor de guerra, una campana fúnebre, un delirio que me ahoga.

Y entonces, ahí está.

Majestuosa. Radiante. Tan cerca que casi puedo tocarla, tan inalcanzable como siempre. Mis patas tiemblan, pero me asomo con timidez, con esperanza… con devoción.

El tiempo se detiene. Todo el universo contiene la respiración.

Espero…

Anhelo…

Pero su rostro—mi dulce y adorado rostro—se tuerce en una mueca de horror. Su grito desgarra el aire y, con él, mi corazón.

Retrocede.

Pero no huye.

Un golpe brutal.

Un destierro sin piedad.

Sus manos me arrancan de mi hogar con furia despiadada, me sacuden como si fuera un desperdicio inmundo, como si mi existencia misma fuera un insulto. Me aferro—con desesperación, con súplica muda—pero su fuerza es incontenible, su desprecio, absoluto.

Me lanza al vacío.

El mundo gira, un torbellino de luz y sombras. Me estrello contra el suelo con un impacto seco, el aire escapando de mi cuerpo en un espasmo de pánico. Todo duele. Todo arde.

No lo entiendo. ¡No lo entiendo! ¿Por qué? ¿Por qué me rechaza con tal crueldad? ¿Acaso no ve que mi amor es sincero, que mi única culpa ha sido adorarla en silencio? Quiero explicarlo, quiero gritarlo—pero su sentencia ya ha sido dictada.

Su pie se alza, colosal, despiadado. Su sombra se expande sobre mí como un eclipse de muerte.

El destino cae con todo su peso. El impacto es absoluto. Un crujido sordo. Un estallido de dolor. Todo se apaga. La oscuridad me envuelve, esta vez para siempre.

Nadie dijo que ser cucaracha fuera fácil.


Ella sabe algo que yo no

  Sábado, 7 de mayo, 2023 Desde hace un año, él y yo acordamos ser amigos con derechos. Fuimos pareja hace un tiempo, tres años para ser...